sábado, marzo 24, 2007

Segundas partes nunca fueron buenas...

El día 21, tras haberme repuesto del "jet lag", tocó tomar unas clases de conducir a cargo de maese Nacho. Las normas de tráfico son prácticamente las mismas, excepto un par de salvedades, como giros a derecha, izquierda, colocación de las señales, etc. La otra novedad es el cambio automático: se hace muy extraño no usar la palanca de cambios, y sólo dos pedales. Sin embargo, creo que hasta un pollino sabría manejar estos coches: es muy sencillo.

Armado con los conocimientos recién adquiridos, mapa en mano, y comida robada del buffet universitario, me dirigí a mi primer destino: Hollywood.

Reconozco que iba temeroso, pero conducir en Los Angeles es muy fácil. Puedes adelantar por derecha o izquierda y nadie señaliza nada, pero no veo peligro ninguno. Es una conducción suave y ágil. Si te pierdes no hay problema, puesto que siendo todas las calles perpendiculares, dando la vuelta a la manzana vuelves al punto de origen. Por ello, sin mayores peligros arribé a mi destino.

Hollywood, meca del cine, se me reveló como una gloria marchita. Su época de esplendor fue en los años 40 o 50. Ahora todos los estudios están abandonados, y sólo quedan turistas que recorren cabeza gacha el boulevard de la fama. Tomé algunas fotos de rigor, ante las estrellas de Groucho Marx o Jimmy Hendrix. A los lados, se suceden tiendas de tatuajes, vestuario friki, ropa para stripers, sazonado aquí y allá con veteranos mutilados del Vietnam pidiendo limosna, mostrando sus cartuchos con sus hojas de servicio...

Unas calles más abajo, en Sunset Boulevard sucede lo mismo. Solo queda un estudio funcionando, y por lo demás, es una calle como otra cualquiera. En busca del mito de Hollywood, caminé unos cuantos kilómetros hasta el cementerio. Allí por fin me encontré con las tumbas de algunos famosos: Tyrone Power, Rodolfo Valentino...y Johny Ramone!!

Otra gloria marchita es "the miracle mill", donde se supone que en el pasado estaban las tiendas exquisitas, las primeras de la zona. Mi objetivo eran los Pozos de la Brea, unas charcas de alquitrán donde dicen se ha encontrado la mayor colección de fósiles de mamíferos, (eso habría que demostrarlo). Pues bien, apenas abarcaba la mitad de un campo de fútbol... ni la mitad de eso, con unas figuras de elefantes hundiéndose. Debe ser que los indios y mexicanos que usaban el alquitrán para calafatear sus viviendas acabaron con ello.

A pesar de esta descripción, creo que la visita mereció la pena. Es una toma de contacto estupenda con el espíritu de la ciudad: la urbe que debió iluminar y sorprender a sus contemporáneos, sufre los estragos del tiempo y la resaca de la fama. Aún así, es todo un lujo para los sentidos, y un mitómano empedernido puede saciar su ego conduciendo por la autopista escuchando Guns & Roses a todo volumen, mientras el aire cálido (y contaminado) le acaricia la cara.